Jorge Díaz

January 9, 2010 at 5:00pm

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La triste desaparición del Messenger

Los hábitos cambian. Es sumamente interesante observar cómo ha sido la evolución de las comunicaciones informales en Internet. Hablo desde mi experiencia, desde los tiempos en los que Telefónica intentaba instaurar su propia red llamada Infovía.

Al principio fue el chat, el IRC (Internet Relay Chat). Aunque había páginas que cargaban un cliente de chat por Java, yo usaba el mIRC, que facilitaba la conexión a servidores y permitía almacenar un historial de conversaciones que aun conservo.

La interacción personal en tiempo real no era nada nuevo. Los salones de chat acompañan al Internet comercial desde su implantación. Pero lugares del ciberespacio (qué desfasado suena) de chat solían estar plagados de desconocidos unidos virtualmente: ligaban, se contaban chistes o jugaban al trivial.

Desde el primcipio, algunos avezados construyeron sus propias salas virtuales en las que se reunían un grupo de amigos. De alguna manera era como quedar en un café; estamos en la mesa del fondo a la izquierda. Las discusiones se entremezclaban con el sonido de los miles de usuarios que, de fondo, estaban allí.

Yo era un poco más rudimentario. Por entonces el porcentaje de personas con Internet era ínfimo. En mi caso, sólo un compañero del instituto se había apuntado al futuro. Así que nos buscábamos por el nick que manualmente introducíamos. Cuando uno de los dos se conectaba, el programa lo notificaba.

Entonces descubrimos el Messenger, seguramente la versión 3.0, año 2000. Aquello era maravilloso y rápidamente se extendió. Me imaginaba un mañana hiperconectado: nada más levantarme para ir al trabajo desearía los buenos días a mis amigos y ellos responderían en una conversación coral de seis o siete personas.

En España, el Messenger reinó hasta 2006 aproximadamente. Hubo un momento clave, cuando a las nuevas amistades no se les preguntaba el móvil sino su dirección de Hotmail: “¿Cuál es tu Messenger?”.

Pero, poco a poco, el Messenger fue reemplazado por una herramienta maravillosa: Facebook (posteriormente copiada por Tuenti). No sólo presentaba infinidad de características con las que el Messenger soñaría (básicamente el ser una verdadera red social), sino que derribó uno de sus mayores inconvenientes, la intromisión.

El Messenger, en lo urbano, venció al e-mail por su inmediatez y su informalidad. No hacía falta un esfuerzo para comunicarse con otra persona. No hacía falta pensar qué escribir y rellenar varios párrafos. Pero su mayor ventaja fue también su mayor defecto. Los contactos de Messenger siempre estaban a la vista, esperando, solicitando una conversación. A veces, no abrir a un contacto era causa de discusión: “Qué pasa, ¿ya no saludas?”. Era incompatible hablar con una persona un día e ignorarle un mes. De modo que, al final, había una especie de omisión tácita y, de la interminable lista de contactos, nos comunicábamos con poco menos de diez.

Facebook superó esta limitación. Los mensajes eran casi instantáneos y cortos, como en el Messenger, pero su particular concepción del wall (muro) posibilitaba una comunicación mucho más relajada en el tiempo. Ya no había necesidad de contestar al instante y los comentarios se sucedían con minutos, horas o días de diferencia. El wallquedaba siempre accesible y las frases rápidas permanecían hasta que su destinatario o destinatarios decidieran contestar.

Hoy, a media tarde del domingo, me he conectado al Messenger y he encontrado un sólo amigo en verde. La conslusión es clara: oficialmente, el programa con el que crecimos en la red, ha desaparecido. Larga vida al nuevo Rey… hasta que llegue el siguiente.

Notes

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